—Julián me pidió que le diera esto en persona —dijo—. Dijo que si se lo entregaba antes, usted iba a intentar convencerlo de cambiar de opinión, y él necesitaba hacerlo a su manera.
Me temblaban las manos cuando tomé el sobre. Adentro había varias cartas, cada una etiquetada con una edad: «Para nuestra hija a los cinco años», «A los diez», «El día de su graduación», «El día de su boda». Había veinticuatro cartas en total. Julián había escrito una carta para cada cumpleaños importante de la vida de nuestra hija, hasta los treinta años. Le contaba quién era él, cómo había conocido a su mamá, qué esperaba de la vida, qué consejos le daría en cada etapa. Había cartas para el día en que sufriera su primer desamor, para el día en que se sintiera perdida, para el día en que tuviera su propio bebé.
Pero eso no era todo. Debajo de las cartas había un sobre más pequeño, dirigido a mí. El doctor me dejó sola en el consultorio para que lo leyera. Cuando lo abrí, encontré una sola hoja escrita con la letra temblorosa de sus últimos días.