Regalos
Los médicos le dieron no más de tres meses de vida. Tres meses. Yo tenía seis meses de embarazo. Las cuentas eran crueles y sencillas: probablemente no viviría lo suficiente para conocer a nuestra hija.
Salimos del hospital tomados de la mano, sin hablar, hasta llegar al auto. Ahí me derrumbé. Lloré con una furia que nunca había sentido, golpeando el volante, gritándole a un Dios en el que ni siquiera sabía si creía. Julián no dijo nada. Solo me abrazó, con la barbilla apoyada sobre mi cabeza, y esperó. Cuando por fin me calmé, me limpió las lágrimas con los pulgares y me dijo que teníamos que aprovechar cada minuto, que no íbamos a gastar el tiempo que nos quedaba en llorar por el que no íbamos a tener.