Pilar, su suegra, incluso llevaba puesto un colgante antiguo que pertenecía a Carmen.
Sergio se quedó rígido al verla.
—¿Por qué no avisaste?
—Vine por mi mamá.
Nadie respondió.
Entonces Lucía escuchó un roce arriba.
Subió.
Encontró un aparador colocado frente a una puerta.
Sergio corrió detrás de ella.
—Lucía, espera.
Ella apartó el mueble y abrió.
Carmen estaba sobre una cama, extremadamente débil, con los labios resecos y las muñecas irritadas por las tiras de tela que limitaban sus movimientos.
A un lado había una bandeja con comida echada a perder y un vaso de agua turbia.
Lucía sacó su teléfono, activó la grabación y pidió ayuda.
—MAMÁ, soy yo.
Carmen retrocedió aterrada cuando su hija intentó soltarla.
—No me sueltes todavía.
—¿Por qué?