El padre la entregó a los temibles apaches solo porque nació albina… pero nadie sospechaba siquiera qué ocurriría en el momento en que ella cruzara por primera vez el umbral de su casa.-TANTONA

Y fue precisamente en ese momento cuando Lucía sintió un sentimiento extraño, casi desconocido. No miedo, no sumisión y ni siquiera gratitud.

Era algo más profundo: una callada certeza de que quizá su vida no había terminado allí, en el pueblo donde la consideraban una maldición.

Se sentó lentamente a su lado y extendió las manos hacia el calor del fuego. Por primera vez en muchos años no quería huir del futuro.

Pasaron varios meses. Un día, uno de los habitantes del pueblo, al pasar por las colinas, vio por casualidad su casa.

Se detuvo y observó con asombro cómo Lucía reía ayudando a Nantan en las labores, cómo hablaban con calma y sencillez, como personas que habían encontrado la una en la otra un apoyo. Lo que vio lo conmocionó tanto que, al volver al pueblo, lo contó todo de inmediato.

El rumor se extendió al instante. La gente no creía a sus propios oídos. Precisamente la muchacha que consideraban perdida y condenada para siempre resultó de pronto ser feliz.

Es más: había logrado dar felicidad a un hombre al que todos estaban acostumbrados a temer.

Y quizá fue precisamente ese día cuando en el pueblo se preguntaron por primera vez si a veces la verdad resulta ser completamente distinta de como uno está acostumbrado a creerla.

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