—Mariana —dijo mientras esperábamos—, sé que no tengo derecho a pedirte otra oportunidad.
No contesté.
—Pero quisiera recuperar algún día la relación con Sofía.
—Eso no depende de mí.
Me miró.
—¿Depende de ella?
—Depende de lo que hagas durante años, no de lo que prometas durante cinco minutos.
Bajó la mirada.
—Ella me odia.
—No.
Eduardo levantó los ojos.
—Eso sería más fácil. Sofía no te odia. Te teme.
Aquello pareció dolerle más.
—Tiene cuatro años, Eduardo. A esa edad aprendió que comer algo que quería podía hacer enojar a su papá. Aprendió que si su hermano la empujaba, nadie le creería. Aprendió a meterse los dedos en la garganta para devolver un pedazo de pollo.
Su rostro perdió el color.
—Antes de pedir verla, pregúntate qué recuerdos construiste para que una niña tan pequeña prefiera que su padre no esté presente.
No volvió a insistir.
Cuando salí del edificio después de cerrar aquella etapa de mi vida, el cielo estaba despejado.
Esa tarde regresé a casa.
Mis padres preparaban tamales para la cena y Sofía jugaba en la sala.
Al verme, corrió hacia mí.
—¡Mamá!
La cargué.
—¿Ya terminaste?
—Sí.
—¿Entonces ya no tenemos que volver a aquella casa?
—No.
Sofía apoyó la cabeza en mi hombro.
Después preguntó algo que me hizo sonreír y llorar al mismo tiempo.
—¿Y aquí puedo seguir comiendo pollo cuando quiera?
Mi padre gritó desde la cocina:
—¡Mientras tu abuelo tenga dinero para comprarlo, puedes acabarte hasta el pollo entero!
Sofía soltó una carcajada.
Mi madre también.
Yo miré alrededor.
No había un grupo de WhatsApp que tuviera que rogar para poder pertenecer.