«Vuelve de vacaciones, mamá no está bien», me escribió mi marido. Acepté… y regresé exactamente el día que tenía previsto.

Carmen nunca preguntaba por mí.

Salvo cuando necesitaba algo.

—¿Estás en su casa?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde anoche.

Me levanté y caminé hasta la barandilla.

—Javier, si tu madre está realmente enferma, llama a un médico. Si es urgente, llama a una ambulancia.

—Se niega.

—Entonces, ¿qué quieres que haga yo?

—Vuelve.

La palabra cayó seca.

Me giré hacia la habitación.

Mi maleta abierta seguía junto a la cama.

Mi vuelo de regreso estaba previsto para cinco días después, el domingo a las 17:40.

Cambiar el billete me costaría casi trescientos euros.

—¿Por qué mi presencia cambiaría su estado de salud?

—Elena…

—Lo pregunto en serio.

—Porque somos familia.

Ahí estaba.

La familia.

La palabra favorita de Carmen cuando quería que alguien hiciera exactamente lo que ella había decidido.

—De acuerdo —respondí.

Javier pareció sorprendido.

—¿Vuelves?

Miré el mar.

—Sí. Volveré.

—¿Hoy?

—Me ocuparé de ello.

Soltó el aire, aliviado.

—Gracias.

Colgamos.

Y yo no cambié absolutamente nada de mi billete.

Me fui a la playa.

Al mediodía comí en un pequeño restaurante.

Por la tarde visité Sóller.

A la mañana siguiente, Javier me escribió:

—¿Has encontrado un vuelo?

—Estoy mirando.

 

No era del todo mentira.

Había mirado.

Incluso había encontrado tres vuelos.

No había reservado ninguno.

Hacia el mediodía, la propia Carmen me escribió.

—Elena, pensaba que ya habrías vuelto.

Ni «hola».

Ni «siento arruinarte las vacaciones».

Solo eso.

Respondí:

—Javier me dijo que estaba enferma. ¿Qué le ha dicho el médico?

Tardó casi veinte minutos en contestar.

—Conozco mi cuerpo. No necesito que un desconocido me diga que tengo que descansar.

Interesante.

—Entonces descanse bien.

No respondió.

Por la noche, Javier me llamó.

—Mamá está molesta.

—¿Por qué?

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