«Vuelve de vacaciones, mamá no está bien», me escribió mi marido. Acepté… y regresé exactamente el día que tenía previsto.

—Dos días antes de que mamá dijera que tenía mareos, le escribió a Lucía: «Si Elena se niega, Javier sabrá convencerla».

Carmen dio un paso hacia él.

—Dame ese teléfono.

Javier lo apartó.

—No.

—¡Tu padre no tenía derecho a enseñarte nuestras conversaciones!

—¿Y tú sí tenías derecho a hacerme creer que estabas tan enferma que mi mujer tenía que coger un avión de urgencia?

—¡De verdad me dolía la cabeza!

Javier soltó una breve carcajada incrédula.

—Mamá, me dijiste que tenías miedo de quedarte sola.

—¡Estaba estresada!

—Papá estaba contigo.

Entonces se volvió hacia mí.

—¿Ves lo que estás haciendo? Estás poniendo a mi propio hijo en mi contra.

Ni siquiera respondí.

Javier lo hizo por mí.

—No, mamá. Eso es precisamente lo que yo no había entendido.

Carmen volvió a mirarlo.

—¿Qué?

—Elena no está haciendo nada.

Le mostró el teléfono.

—Son tus propios mensajes.

Por primera vez desde que había llegado, Carmen no encontró nada que responder.

Cogió su bolso.

—Muy bien.

Después me miró.

—Espero que tus vacaciones hayan valido la pena.

Sostuve su mirada.

—Sí.

Apretó los labios.

—¿Eso es todo?

—¿De verdad quiere saber qué he aprendido de todo esto?

No respondió.

—La próxima vez que Javier me escriba diciendo que está enferma, mi primera pregunta será en qué hospital está. La segunda será qué ha dicho el médico. Y si la respuesta es «ningún hospital» y «ningún médico», no cambiaré ningún billete.

Carmen abrió la puerta.

Después se detuvo.

—Algún día entenderéis que en una familia hay que poder contar los unos con los otros.

—Estoy de acuerdo.

Se giró, casi satisfecha.

Añadí:

—Precisamente por eso no hay que mentir. Porque el día que ocurra algo de verdad, nadie sabrá si debe creerla.

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