—La verdad.
—¿Qué verdad?
—Que tu mujer no abandonó a ninguna persona enferma. Que tu madre simplemente quería que regresara antes para organizar su fiesta.
—De verdad tenía mareos.
—¿Y hoy?
—Hoy estaba mejor.
—Justo a tiempo para la fiesta.
No respondió.
Me fui a duchar.
A la mañana siguiente, a las 9:12, llamaron al timbre.
Carmen.
Por supuesto.
Javier ya se había ido a trabajar.
Abrí la puerta. Mi suegra estaba delante de mí con pantalones blancos, una blusa turquesa y sandalias de tacón.
Tenía mejor aspecto que yo después de una semana de vacaciones.
—Así que al final has vuelto.
—Como estaba previsto.
Entró sin esperar invitación.
—Espero que estés contenta.
—¿Por qué?
—Has arruinado el cumpleaños de Antonio. Cerré la puerta. —Estaba a dos mil kilómetros.
—Precisamente.
—Carmen, organizó una fiesta durante mis vacaciones sin preguntarme si quería ayudar. Después le dijo a Javier que estaba enferma para hacerme volver.
—Estaba enferma.
—¿Qué dijo el médico?
Frunció los labios.
—Otra vez con lo del médico…
—Sí. Otra vez.
Dejó el bolso sobre una silla.
—En mis tiempos, cuando la familia nos necesitaba, no pedíamos un certificado médico.
—Y en mis tiempos, se pregunta a la gente antes de disponer de su tiempo.
Su expresión se endureció.
—Eres una egoísta.
—Puede ser.
Evidentemente, no esperaba esa respuesta.
—¿Perdona? —Si negarme a cancelar cinco días de vacaciones pagadas para preparar ensaladas y recoger una tarta me convierte en una egoísta, entonces simplemente tenemos definiciones diferentes de esa palabra.
—Mi hijo jamás habría hecho algo así.
—Su hijo estaba aquí.
Silencio. —Podía ayudarla. —¡Javier trabaja!
—Yo también.
—¡Pero tú estabas de vacaciones!
—Exactamente.
Abrió la boca.