Solo quedaba una pata sobre el hielo, pero lo que aquella perra señalaba debajo dejó a todos helados

Cada vez que escuchaba un sonido procedente de la otra habitación, levantaba la cabeza.

Finalmente, la veterinaria Elena Paredes llevó al cachorro negro hasta ella.

—Respira —nos dijo—. Todavía es pronto para saber cómo evolucionará.

La madre estiró el cuello.

Elena colocó al pequeño junto a su pecho.

El cachorro apenas pudo mover la nariz contra su pelaje.

Ella curvó el cuerpo alrededor de él.

Minutos después llegó su hermana.

Por primera vez desde que la encontramos bajo el hielo, la perra dejó de vigilar la puerta.

Cerró los ojos.

Una asistente pasó un lector de microchip por su cuerpo.

La primera vez no encontró nada.

En la segunda pasada, el aparato emitió un sonido cerca del hombro.

Apareció un número.

Buscaron el registro.

La expresión de la asistente cambió.

—Creo que deberían ver esto.

El registro no correspondía a un criador.

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