Solo quedaba una pata sobre el hielo, pero lo que aquella perra señalaba debajo dejó a todos helados

Luis quería que yo saliera del agua.

Entonces oímos otro pequeño golpe desde abajo.

La madre también lo oyó.

Sus orejas se levantaron.

Se acercó como pudo y puso una pata sobre mi brazo.

No sé qué comprendía exactamente.

Pero había visto algo muy sencillo.

Cada vez que uno de nosotros entraba al agua, las manos humanas se acercaban a sus cachorros.

—Una vez más —le dije a Luis.

—Tus manos casi no responden.

—Entonces asegúrame bien.

Me miró durante un segundo.

Después aceptó.

El otro buzo y yo descendimos.

El agua era oscura.

El sedimento había convertido el fondo en una nube marrón.

Encontré la jaula casi a ciegas.

Puse un brazo sobre ella para evitar que girara.

Algo pequeño rozó mi muñeca desde el otro lado de las barras.

No se movió después.

Mi compañero logró liberar parte del peso.

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