Su cuerpo cayó sobre mis manos como si estuviera hecho de tela mojada.
No respiraba.
Lo coloqué sobre la tabla.
La madre se arrastró hasta nosotros.
Alguien intentó detenerla.
—Déjenla —dije.
Se acostó junto a su cachorro.
Apoyó el hocico cerca de su oreja.
Comencé las maniobras de reanimación.
Conté.
Una.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cada movimiento sobre un cuerpo tan pequeño parecía excesivo.
Seguí.
Treinta compresiones.
Dos pequeñas ventilaciones.
Nada.
Otra vez.
La madre metió el hocico debajo del cuello del cachorro y levantó ligeramente su cabeza hacia mí.
Su cuerpo temblaba sin control.
Pero no se apartó.
Terminé otro ciclo.
Nada.
Tania miró hacia la orilla.
—Tenemos que movernos.
—Un momento.
Hice otro intento.
Apareció una gota de agua en una de las fosas nasales del cachorro.
Después su cuerpo se tensó.
Movió una pata.
Continué.
Doce compresiones más tarde expulsó agua y tomó una respiración tan débil que casi no se oyó.
La madre levantó las orejas.
El pequeño respiró otra vez.
Ella emitió un gemido largo y bajo.
Y puso la barbilla sobre él.
No necesitábamos entender su lenguaje.
La habíamos entendido.
Los tres animales fueron trasladados a un hospital veterinario de urgencias de la región.
La madre tenía hipotermia, agua en los pulmones, heridas profundas alrededor de la pata y una lesión antigua en la cadera.
También aparecieron en las radiografías dos costillas que habían sanado tiempo atrás.
Los cachorros estaban todavía peor.
Su temperatura corporal era tan baja que al principio los instrumentos no podían medirla con precisión.
La pequeña de la mancha blanca comenzó a respirar sola unas horas después.
El cachorro negro necesitó oxígeno y cuidados intensivos.
Yo permanecí afuera de la sala.