—¿Qué pasó esa noche? —pregunté.
La fiscal respiró antes de responder.
—Mauricio insistió en verla. Le escribió que tenía una forma de arreglar lo del préstamo y que necesitaba recuperar unos documentos. Le pidió que se encontraran esa misma noche.
—Con la tormenta.
—Sí.
—En esa carretera.
—Sí.
Mi garganta se cerró.
Mariana había salido a enfrentar a su hermano.
La lluvia había dejado el asfalto peligroso. En una curva, perdió el control y chocó.
La investigación original había concluido que fue un accidente vial. No existían pruebas de que Mauricio hubiera tocado el vehículo.
Pero él la había hecho salir aquella noche, había insistido y, cuando su hermana murió, colocó sobre mí la culpa que no quería cargar.
Recordé el día después del entierro. Mauricio parado en mi cochera, los ojos rojos, diciéndome:
“Si no la hubieras llamado, quizá seguiría viva.”
No había sido una frase nacida del dolor.
Había sido una coartada emocional.
Me había entregado su culpa y yo la había cargado durante dieciocho meses.
—Señor Herrera —dijo la fiscal—, necesito que escuche esto con claridad. Usted no llamó a Mariana. Usted no hizo que saliera. Lo que ocurrió en esa carretera no fue culpa suya.
No pude contestar.
Me tapé la cara con ambas manos.
Lloré por mi hija como no había podido llorar en su funeral, y por el padre que había seguido amando a un hijo capaz de destruirnos para evitar las consecuencias de sus actos.
Cuando salí de la Fiscalía, don Ernesto me esperaba afuera con dos cafés.
No preguntó nada.
Me dio uno y caminó a mi lado hasta el coche.
A veces la compasión más grande consiste en no obligar a alguien a hablar cuando todavía está intentando aprender a respirar.