No lo teníamos.
Un jueves de octubre comenzó a llover con una fuerza terrible. A las 9:47 de la noche alguien golpeó mi puerta.
Era don Ernesto.
—A las diez trae a Valentina a mi casa. Por la puerta lateral. No prendas luces.
—¿Qué viste?
—La camioneta gris volvió. Mauricio y Renata están dentro. Hay un tercer hombre con ellos y trae una bolsa de herramientas.
Desperté a Valentina, le puse una sudadera y la cargué bajo la lluvia. Ella abrazaba a su conejo de peluche contra el pecho.
—¿Pasa algo, abuelo?
—Solo vamos a dormir en casa de don Ernesto.
No quería mentirle, pero tampoco podía poner aquel miedo sobre sus hombros.
Desde la ventana del segundo piso vimos mi casa completamente oscura.
A las 10:14, mi teléfono vibró.
La cámara trasera mostraba tres siluetas entrando con una llave.
—La llave de Mariana —susurré.
Mauricio la había tenido todo ese tiempo.
Renata fue directo a la cocina. Sacó varias botellas vacías de alcohol y las acomodó alrededor de mi lugar en la mesa. Mauricio desordenó mis medicamentos sobre el lavabo y tomó fotografías.
Estaban fabricando la escena perfecta: un abuelo anciano, medicado, alcohólico e irresponsable, viviendo con una niña.
El tercer hombre bajó al cuarto donde estaba el calentador.
Lo reconocí.
Se llamaba Esteban Rojas. Años atrás lo había despedido de mi empresa por presentar facturas falsas. Sabía trabajar con instalaciones de gas y tenía razones para odiarme.
Don Ernesto llamó a emergencias.
En la pantalla vi a Esteban abrir su bolsa y comenzar a manipular el sistema de una forma que no tenía nada que ver con una reparación.
Sentí que me faltaba el aire.
De pronto todo encajó: las fotografías del calentador, los medicamentos, la vigilancia, la escena preparada.