La “consultora estratégica” de Daniel.
Para cuando él creyó que apenas empezaba a sospechar, yo ya había hablado con nuestro abogado corporativo, con el área de prevención de fraude del banco y con 2 miembros independientes del consejo.
Nunca confronté a Daniel.
No quería sus explicaciones.
Quería pruebas.
Antes del amanecer fotografié la caja fuerte abierta, los documentos desaparecidos y cada cajón que él había tocado.
Después envié todo a la cuenta segura que nuestro abogado había preparado.
A las 5:46 mi teléfono vibró.
Era Daniel.
No una llamada.
Una fotografía.
Estaba en el Aeropuerto Internacional de Monterrey junto a Camila.
Los 2 sonreían.
Y alrededor de la muñeca de ella brillaba el brazalete que Daniel creía perteneciente a mi madre.
Debajo de la fotografía escribió:
“Adiós, inútil. Cuando despiertes, no te quedará nada.”
Me quedé mirando la pantalla.
Daniel pensaba que acababa de abandonarme.
Que cuando saliera el sol yo descubriría que mi matrimonio, mi dinero y mi empresa habían desaparecido al mismo tiempo.
Respiré despacio.
Entonces escribí 4 palabras.
“Las cuentas están congeladas.”
Su llamada llegó 7 segundos después.
Parte 2: Contesté mientras preparaba café.
Daniel ya estaba gritando.
—¿Qué hiciste?
Miré por la ventana mientras el cielo comenzaba a aclararse sobre Monterrey.
—Buenos días, Daniel.
—No juegues conmigo. Las transferencias están rechazadas. Mis tarjetas no funcionan. La tarjeta de Camila tampoco. ¿Qué hiciste?
—¿Te refieres a las tarjetas corporativas que utilizaste para pagar hoteles, vuelos y regalos personales?
Hubo silencio.
Después cambió de tono.
—Valeria, amor, estás confundida.
Casi me reí.
—Encontré 12 autorizaciones cuestionables, 3 intentos de transferencia por más de $11 millones de pesos, $1.2 millones en gastos personales y pagos por otros $3.6 millones a una consultora cuya principal actividad parece ser viajar contigo.