—Y creciendo —respondió su padre con una sonrisa ensayada.
Isabella apenas escuchó la cifra.
Cruz.
Sintió algo extraño, casi ridículo, subirle por el pecho.
No. Imposible.
A las nueve con diez, la entrada principal se abrió.
Primero entraron asistentes, luego seguridad discreta, después un hombre alto con traje gris oscuro, espalda recta y una calma rara, de esas que no necesitan demostrar nada. Tendría unos treinta y cinco. Moreno por el sol, mandíbula firme, mirada serena.
Toda la sala giró hacia él.
Don Ricardo avanzó con ambas manos extendidas.
—Señor Cruz, es un honor…
El hombre estrechó su mano apenas un segundo.