Cuando Marissa subió a buscar el postre, Graham dejó el tenedor y se inclinó hacia mí. Su expresión cambió por completo.
«Cumplí mi parte del trato, ahora te toca a ti», me dijo en voz baja.

Sentí las manos frías. ¿De qué trato hablaba? Por un segundo horrible, pensé que Henry había pagado a alguien para salir con mi hija. Graham lo negó de inmediato y me pidió que lo acompañara al jardín trasero.
El secreto en el fondo del jardín
Cuando salí, casi grito: allí estaba Henry, mi esposo, que supuestamente estaba a cientos de kilómetros. Había regresado antes para preparar una sorpresa. Junto al cobertizo, cubierto con una manta vieja, había algo grande. Cuando Henry retiró la tela, apareció el tocador de madera color crema que le habíamos regalado a Marissa cuando tenía seis años. Tres cajoncitos, un espejo redondo con una pequeña muesca arriba, una rayadura en la esquina izquierda que ella misma había hecho a los nueve.
Años atrás, Marissa había cargado ese espejo hasta el garaje y le había dicho a Henry: «No quiero en mi cuarto algo cuyo único trabajo sea mirarme». Yo pensé que lo habíamos tirado. Henry, en silencio, lo había restaurado durante semanas.