Valeria sintió que la rabia le quemaba la sangre, aunque su cuerpo siguiera inmóvil.
—Mi mamá va a despertar —dijo Mateo, llorando.
Sergio soltó una risa seca.
—No, Mateo. Tu mamá ya no decide nada.
Renata se inclinó sobre Valeria y le acomodó un mechón de cabello con dedos fríos.
—Siempre quiso llamar la atención —susurró junto a su oído—. Hasta dormida se hace la mártir.
Luego bajó más la voz.
—Cuando por fin se muera, nos llevamos al niño a la finca de Querétaro. Lejos de preguntas, lejos de vecinos, lejos de abogados metiches.
Mateo dio un paso atrás.
—¿Me van a llevar lejos de mi casa?
Sergio lo miró con desprecio.
—Te vamos a llevar donde aprendas a cerrar la boca.
—¡No quiero! ¡Quiero que mi mamá despierte!
—Tu mamá no va a despertar —escupió Sergio—. Y tú vas a hacer lo que yo diga.