—Solo quería verla —susurró Mateo.
Sergio vestía camisa blanca, saco caro y esa cara de viudo anticipado que había perfeccionado para los doctores y familiares. Pero Valeria alcanzaba a sentir el veneno debajo de cada palabra.
—Vete con tu tía Renata al pasillo —ordenó él—. No estorbes.
Renata.
Su hermana menor.
La niña a la que Valeria defendía en la secundaria cuando otras muchachas se burlaban de ella. La misma Renata que había llorado frente a todos en la sala de espera diciendo que daría su vida por salvarla.
Sus tacones entraron después.
—Déjalo despedirse tantito —dijo Renata, con una falsa dulzura—. Al fin y al cabo, el notario no tarda en subir.
Sergio suspiró.
—El doctor ya fue claro. No hay esperanza. No voy a seguir pagando una fortuna para mantener viva a una cáscara vacía.
Una cáscara vacía.