Desperté de un coma y escuché a mi hijo susurrar: “No abras los ojos, mamá… papá está esperando que te mueras.” En ese instante entendí que mi accidente no había sido un accidente, y que mi esposo y mi propia hermana estaban esperando mi muerte para quedarse con todo.

—Solo quería verla —susurró Mateo.

Sergio vestía camisa blanca, saco caro y esa cara de viudo anticipado que había perfeccionado para los doctores y familiares. Pero Valeria alcanzaba a sentir el veneno debajo de cada palabra.

—Vete con tu tía Renata al pasillo —ordenó él—. No estorbes.

Renata.

Su hermana menor.

La niña a la que Valeria defendía en la secundaria cuando otras muchachas se burlaban de ella. La misma Renata que había llorado frente a todos en la sala de espera diciendo que daría su vida por salvarla.

Sus tacones entraron después.

—Déjalo despedirse tantito —dijo Renata, con una falsa dulzura—. Al fin y al cabo, el notario no tarda en subir.

Sergio suspiró.

—El doctor ya fue claro. No hay esperanza. No voy a seguir pagando una fortuna para mantener viva a una cáscara vacía.

Una cáscara vacía.

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