Pero todos lo escucharon.
Mateo giró la cabeza.
—¡Mamá!
Renata se quedó paralizada.
Por 1 segundo, la mujer que había planeado su muerte dejó de ser la hermana elegante, la víctima llorosa, la tía preocupada.
Se convirtió en lo que siempre había sido por dentro: alguien consumida por la envidia.
—No —susurró—. No puedes despertar.
El policía aprovechó ese instante y se lanzó contra ella. Otro agente jaló a Mateo lejos del bisturí. La licenciada Gálvez lo cubrió con su cuerpo mientras Sergio intentaba correr hacia la puerta.
No llegó.
Un oficial lo estrelló contra la pared y le torció el brazo.
—Queda detenido.
—¡Esto es un error! —gritó Sergio—. ¡Ella me obligó!
Renata, en el piso, esposada, soltó una risa rota.
—Qué valiente eres ahora. En la cocina no temblabas cuando dijiste que si Valeria moría, por fin dejarías de vivir a su sombra.