Sergio la miró con odio.
—Tú querías su dinero desde antes de que yo apareciera.
—¡Porque ella siempre tuvo todo! —chilló Renata—. La casa, la empresa, el apellido limpio, la mamá orgullosa, el hijo perfecto. ¡Todo!
Valeria intentó hablar.
Le dolía la garganta. Sentía la lengua seca, pesada, como si no le perteneciera.
La doctora entró corriendo con enfermeras.
—Señora Valeria, no se esfuerce. Parpadee si puede entenderme.
Valeria parpadeó.
Mateo rompió en llanto y quiso acercarse, pero Gálvez lo detuvo con suavidad.
—Dale espacio, mi amor. Ya volvió.
Ya volvió.
Esas 2 palabras hicieron que Valeria llorara por primera vez.
Las lágrimas le resbalaron hacia las sienes, silenciosas, calientes, imparables.
Durante 12 días todos habían hablado sobre ella como si ya fuera un objeto. Un trámite. Una cuenta bancaria con respiración artificial.
Pero Mateo nunca la enterró.
Su hijo la esperó.
La llamó.
La protegió.
Y fue él quien salvó su vida.
—Mamá —dijo Mateo, acercándose despacio—. ¿Estás aquí?
Valeria reunió toda la fuerza que le quedaba.
Sus dedos se cerraron alrededor de la mano del niño.
Esta vez sí.
Firme.
Real.
Mateo soltó un sollozo que le partió el alma a todos.
—Está aquí —dijo—. Mi mamá está aquí.
Sergio empezó a gritar mientras lo sacaban.
—¡Valeria! ¡Diles que no fue así! ¡Piensa en Mateo!
Ella movió los labios.
La doctora se inclinó.
—No hable todavía.
Pero Valeria necesitaba hacerlo.
Su voz salió como un hilo.
—Ya pensé… en él.
Sergio dejó de luchar por un instante.
Tal vez porque entendió que esa frase era su sentencia.
Renata, en cambio, no mostró arrepentimiento. Solo rabia.
—Siempre ibas a ganar —escupió desde el piso—. Hasta muriéndote ganabas.
Valeria la miró.
No con odio.
Con una tristeza inmensa.