Desperté de un coma y escuché a mi hijo susurrar: “No abras los ojos, mamá… papá está esperando que te mueras.” En ese instante entendí que mi accidente no había sido un accidente, y que mi esposo y mi propia hermana estaban esperando mi muerte para quedarse con todo.

Su hermana tenía miedo.

—No cualquiera sabía que Valeria tomaría esa ruta esa noche —continuó la abogada—. Y no cualquiera se beneficiaba con su muerte.

Sergio soltó una risa forzada.

—¿Beneficiarme? Mi esposa está en coma. ¿Usted se escucha?

—También cambió su testamento —dijo Gálvez.

Renata abrió los ojos.

—Eso es mentira.

—Lo firmó estando perfectamente lúcida —respondió la abogada—. Todo su patrimonio quedó en un fideicomiso para Mateo. Si Valeria muere, ni usted ni Sergio pueden tocar un peso. Tampoco pueden sacar al niño del país ni cambiarlo de domicilio sin autorización judicial.

Sergio perdió el color del rostro.

Renata apretó la mandíbula.

—Ella no tenía derecho a hacer eso.

—Era su dinero —dijo Gálvez—. Sus empresas. Sus propiedades heredadas. Sus cuentas. Todo lo que ustedes querían desaparecer bajo contratos falsos.

Valeria entendió entonces la dimensión de la traición.

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