No solo querían su fortuna.
Querían quedarse con Mateo.
Encerrarlo en una finca, aislarlo, callarlo, convertirlo en un estorbo vigilado mientras ellos gastaban lo que no les pertenecía.
—Esto se está saliendo de control —murmuró Renata.
Se acercó a la cama, con los ojos fijos en el monitor cardíaco.
—Debimos asegurarnos de que no despertara nunca.
Mateo levantó la mirada.
—Eso ya lo habías dicho antes.
La habitación se congeló.
Sergio giró hacia el niño.
—¿Qué dijiste?
Mateo tragó saliva.
—Los escuché en la cocina. Dijiste que mamá no quería firmar. Y mi tía Renata dijo que una curva en la carretera arreglaría todo.
Renata perdió la máscara.
—¡Cállate, mocoso!
Mateo siguió, con la voz quebrada pero fuerte.
—También dijo que todos creerían que mamá iba cansada. Y que después me llevarían a Querétaro para que dejara de preguntar.
Sergio avanzó hacia él.
—Ven acá ahora mismo.
—No lo toque —ordenó Gálvez.
La puerta volvió a abrirse y entraron 2 policías de la Fiscalía.
—Señora Renata, saque la mano de la bolsa —dijo uno.
Renata sonrió de forma torcida.
—¿Ahora van a creerle a un niño asustado?