Desperté de un coma y escuché a mi hijo susurrar: “No abras los ojos, mamá… papá está esperando que te mueras.” En ese instante entendí que mi accidente no había sido un accidente, y que mi esposo y mi propia hermana estaban esperando mi muerte para quedarse con todo.

—¿Qué le dijiste?

Mateo lo miró fijo.

—Que la amo.

Renata metió la mano en su bolsa de diseñador.

—El notario está abajo. Hay que terminar esto ya.

Sergio tomó la mano inmóvil de Valeria y apretó sus dedos contra una pluma.

—Vas a firmar, Valeria. Aunque tenga que mover tu mano yo mismo.

Pero ella ya no se estaba muriendo.

Y 5 minutos después, alguien tocó la puerta.

Renata sonrió.

—Debe ser el notario.

La puerta se abrió.

Pero no entró un notario.

Entró una mujer de traje oscuro, mirada firme y una carpeta bajo el brazo.

—Buenas noches, Sergio —dijo la licenciada Gálvez—. Antes de volver a tocar a mi clienta, le sugiero explicar por qué sus frenos fueron cortados.

PARTE 2

Sergio soltó la mano de Valeria lentamente.

No lo hizo por culpa. Lo hizo como un hombre que calcula qué tanto peligro tiene enfrente.

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