Desperté de un coma y escuché a mi hijo susurrar: “No abras los ojos, mamá… papá está esperando que te mueras.” En ese instante entendí que mi accidente no había sido un accidente, y que mi esposo y mi propia hermana estaban esperando mi muerte para quedarse con todo.

—¿Nos vamos a casa?

Y poder responder:

—Sí, pero a una nueva.

Vendieron la mansión de Lomas.

Valeria no quería volver a dormir en una casa llena de recuerdos podridos.

Compró una casa más pequeña en Veracruz, cerca del mar, con ventanas grandes, paredes claras y un patio donde Mateo pudiera correr sin miedo.

El primer fin de semana, él plantó un árbol de limón en la tierra húmeda.

—Para que crezca contigo —dijo.

Valeria sonrió.

—¿Conmigo?

—Sí. Porque tú también estás empezando otra vez.

A veces, por la noche, Valeria todavía despertaba asustada. El silencio le recordaba la cama del hospital. La oscuridad le hacía creer que seguía atrapada dentro de su propio cuerpo.

Entonces Mateo tocaba la puerta.

—¿Mamá?

—Aquí estoy.

Él asomaba la cabeza.

—Solo quería saber si sigues aquí.

Valeria abría los brazos.

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