La llamó.
La protegió.
Y fue él quien salvó su vida.
—Mamá —dijo Mateo, acercándose despacio—. ¿Estás aquí?
Valeria reunió toda la fuerza que le quedaba.
Sus dedos se cerraron alrededor de la mano del niño.
Esta vez sí.
Firme.
Real.
Mateo soltó un sollozo que le partió el alma a todos.
—Está aquí —dijo—. Mi mamá está aquí.
Sergio empezó a gritar mientras lo sacaban.
—¡Valeria! ¡Diles que no fue así! ¡Piensa en Mateo!
Ella movió los labios.
La doctora se inclinó.
—No hable todavía.
Pero Valeria necesitaba hacerlo.
Su voz salió como un hilo.
—Ya pensé… en él.
Sergio dejó de luchar por un instante.
Tal vez porque entendió que esa frase era su sentencia.
Renata, en cambio, no mostró arrepentimiento. Solo rabia.
—Siempre ibas a ganar —escupió desde el piso—. Hasta muriéndote ganabas.
Valeria la miró.
No con odio.
Con una tristeza inmensa.