Durante unos segundos pensé que me habían asaltado.
Entonces recordé.
El despacho de mi padre, Arturo Ríos, en Lomas de Chapultepec. La carpeta azul que yo había puesto sobre su escritorio. Su cara cambiando cuando le pregunté por varias transferencias del fideicomiso que mis abuelos habían creado para hijos y nietos. Mi madre, Patricia, entrando y cerrando la puerta.
Después vinieron los golpes.
Y lo peor no fueron los golpes.
Lo peor fue recordar a mi madre con el celular en la mano.
Grabando.
Riéndose.
—Mírate —me dijo mientras yo trataba de cubrirme—. Siempre haces un drama de todo.
Volví a abrir los ojos en aquel callejón y reconocí el lugar. Estaba detrás de un supermercado viejo, en Azcapotzalco, a varios kilómetros de la casa de mis padres.
Yo no podía haber llegado sola.
Ellos me llevaron.
Ellos me dejaron ahí.