Ocho meses después del ataque se celebró una audiencia clave sobre los bienes y las operaciones investigadas.
La sala estaba llena de familiares, abogados, exsocios y reporteros.
Arturo y Patricia estaban sentados juntos.
Cuando entré, ninguno me miró.
Mi padre, que siempre llegaba a cualquier reunión como si fuera dueño del lugar, se veía encogido.
Elena comenzó con los números.
No con el ataque.
Eso fue más devastador.
Mostró año por año cómo salían recursos del fideicomiso y aparecían después en empresas relacionadas. Una transferencia destinada a “mantenimiento patrimonial” terminó pagando el enganche de un departamento en Polanco. Un retiro para “gastos extraordinarios” coincidía con la compra de vehículos de lujo. Otra operación cubrió deuda de una empresa de Arturo.
Después llegaron las firmas.
Las auténticas de mis abuelos.
Las cuestionadas.
Ampliadas en una pantalla, las diferencias eran evidentes.
El perito explicó que varios trazos mostraban señales de imitación.
Entonces se habló del monto.
Más de cincuenta millones de pesos desviados o utilizados de manera irregular a lo largo de varios años, sin contar operaciones todavía bajo revisión.
Mi padre se puso pálido.
Pero faltaba lo peor.
Después mostraron fragmentos del video.
Mi voz diciendo que tenía copias.
Arturo preguntando qué había copiado.
Patricia ordenándole revisar mi bolsa.
Y finalmente el audio dentro de la camioneta.
—Encontró los papeles del fideicomiso.
—Si habla, se nos viene todo encima.
La sala quedó en silencio.
Miré a mi madre.
Por primera vez, ella me miró a mí.
No vi arrepentimiento.
Vi derrota.
Y esa diferencia me dolió más de lo que esperaba.
Porque una parte de mí todavía quería encontrar a la mujer que me cuidaba cuando tenía fiebre, la que me preparaba chocolate caliente, la que me acomodaba el cabello antes de la escuela.