Yo había aprendido a coser de nuestra madre y, por aquel entonces, trabajaba arreglando ropa en un pequeño taller. Elena encontró una tela azul en el mercado y llegó a casa cargándola como si hubiese encontrado un tesoro.
—Quiero algo que nadie más tenga —me dijo.
Trabajé durante varias noches.
Elena insistió en que el vestido tuviera flores bordadas alrededor del cuello porque nuestra madre hacía flores similares en nuestros uniformes cuando éramos niñas.
Cometí un pequeño error en la manga izquierda. La costura quedó ligeramente torcida.
Quise corregirla, pero Elena no me dejó.
—Déjala así —dijo—. Si todo queda perfecto, nadie sabrá que lo hiciste tú.
Aquella frase se convirtió en una broma entre nosotras.
El vestido terminó siendo su favorito.
Lo utilizó en cumpleaños, reuniones familiares y hasta para asistir conmigo a una boda.
También lo llevaba puesto la última noche que la vi.
Habíamos discutido.
Durante meses yo había notado cambios en ella.
Elena llegaba tarde.
Recibía llamadas que contestaba lejos de mí.
Algunas veces lloraba sin querer explicar la razón.
Yo estaba convencida de que todo estaba relacionado con un hombre llamado Mauricio.
Nunca me gustó.
Era mucho mayor que ella, conducía un automóvil caro y parecía disfrutar recordando a todos cuánto dinero tenía.
Elena decía que era amable.
Yo veía algo diferente.
La manera en que decidía dónde debían comer.
Cómo preguntaba constantemente con quién había hablado.
Las llamadas repetidas cuando ella tardaba en responder.
Una noche encontré a mi hermana llorando en la cocina.
Tenía una marca roja alrededor de la muñeca.
—¿Mauricio te hizo eso?
Elena escondió la mano.
—No fue nada.
—Voy a llamar a la policía.