—Desde pequeña.
Aquello me sorprendió.
Clara explicó que creció viendo fotografías mías.
Elena hablaba de nuestra infancia.
De cómo yo le preparaba el desayuno.
De la primera bicicleta que le compré.
De nuestras discusiones.
De las flores bordadas por nuestra madre.
—Mamá decía que tú eras la persona que más había querido y la persona a la que más daño había hecho.
Sentí una mezcla imposible de emociones.
Quería abrazar a Elena.
Quería gritarle.
Quería preguntarle por qué no confió en mí.
También quería regresar veinte años atrás, detenerla antes de cruzar aquella puerta y decirle que nada que estuviera ocurriendo tenía que enfrentarlo sola.
Pero Elena ya no estaba.
Solo quedaban sus cartas.
Y su hija.
—¿Dónde está enterrada?
Clara me dio el nombre de un cementerio.
Estaba a casi cuatro horas.
A la mañana siguiente viajamos juntas.
Durante el camino hablamos durante horas.
Descubrí que Clara era enfermera.
Que odiaba el café igual que Elena.
Que coleccionaba postales.
Que cuando estaba preocupada doblaba pequeños pedazos de papel entre los dedos exactamente como hacía su madre.
Me contó que Elena trabajó primero limpiando habitaciones en un hotel y después consiguió empleo en una panadería.
Nunca se casó.
Tuvo algunas relaciones, pero ninguna duró demasiado.
Según Clara, siempre parecía mantener una parte de sí misma preparada para escapar.
Cuando llegamos al cementerio estaba lloviendo.
La tumba era sencilla.
“Elena Márquez.
Madre amada.
1978-2026.”
Me arrodillé.
Durante unos minutos no pude decir nada.
Finalmente apoyé una mano sobre la piedra.
—Te busqué, idiota —susurré—. Te busqué durante veinte años.
Lloré.
Después me reí.
Porque podía imaginarla respondiendo:
“Ya sé”.
Clara dejó unas flores.