El vestido azul que volvió a mi puerta veinte años después

Respondí llamadas de personas que aseguraban haber visto a Elena.

En una ocasión viajé seis horas porque una mujer estaba convencida de que mi hermana trabajaba en un restaurante.

Era otra persona.

Con el tiempo, las llamadas disminuyeron.

La vida siguió avanzando aunque yo no quisiera.

Me casé.

Tuve un hijo.

Mi matrimonio terminó once años después.

Cerré el taller donde trabajaba y abrí un pequeño negocio de arreglos de ropa en mi casa.

Pero cada año, el día de la desaparición de Elena, colocaba una vela junto a su fotografía.

Nunca organicé un funeral.

No tenía cuerpo.

No tenía explicación.

Y mientras no existiera ninguna de las dos cosas, una parte de mí continuaba esperando.

Hasta aquella noche.

La joven permanecía frente a mi puerta usando el vestido azul.

—¿Cómo te llamas? —pregunté.

—Clara.

—¿Quién era tu madre?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

No necesitó responder.

La forma de su nariz.

La pequeña inclinación de la cabeza al sentirse nerviosa.

Incluso la manera de apretar los labios antes de llorar.

De repente pude verla.

Elena.

Veinte años más joven.

—Mi madre se llamaba Elena —dijo.

Tuve que sujetarme al marco de la puerta.

Clara era mi sobrina.

Mi hermana había estado viva.

Al menos durante una parte de todos aquellos años en los que yo la busqué.

La hice entrar.

Nos sentamos frente a frente en la cocina.

Yo no sabía por dónde empezar.

Tenía cientos de preguntas peleándose dentro de mi cabeza.

—¿Está muerta?

Clara asintió.

—Hace tres semanas.

Sentí dolor.

Pero inmediatamente después apareció algo que me avergonzó reconocer.

Rabia.

—¿Dónde estuvo?

Clara abrió su maleta.

Sacó una caja de madera, varias fotografías y un sobre.

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