Me temblaban las manos cuando abrí la caja de madera.
Dentro no había joyas.
Ni dinero en efectivo.
Ni una llave de la mansión de Richard.
Solo una carta doblada, una vieja fotografía de nosotros dos y una pequeña llave de latón.
Rebecca sonrió.
“Te lo dije.”
La ignoré y abrí la carta.
La primera línea hizo que se me cerrara la garganta.
“Anna, sabía por qué te casaste conmigo.”
Dejé de leer.
Richard lo sabía.
La carta continuaba.
Escribió que, desde el principio, comprendía que la seguridad había sido parte de la razón por la que acepté casarme con él. Tenía setenta y tres años, no era ningún tonto.
Pero luego escribió:
“Lo que me importaba era por qué te quedaste después de que ya no tenías que hacerlo.”
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
Durante sus últimas semanas, Richard me había ofrecido transferir dinero a mi nombre.
Yo me negué.
Le dije que sus hijos pensarían que había estado esperando a que muriera.
Incluso le había pedido que dejara la casa familiar a ellos.
Nunca supe que le había contado aquella conversación a su abogado.
Entonces llegué al último párrafo.
“Mis hijos heredarán mis empresas, mis inversiones y la casa en la que crecieron. Tú nunca intentaste quitarles esas cosas.”
La sonrisa de Rebecca desapareció.
Miré la llave de latón.

Finalmente, el abogado habló.
“Richard compró algo seis meses antes de enfermar.”
Colocó un documento frente a mí.
Era la escritura de una pequeña casa junto al lago.
Reconocí la dirección inmediatamente.
Richard y yo habíamos pasado allí un fin de semana una vez.
Yo había estado de pie en el porche y había dicho en broma: