Siete años cargando sola con el trabajo del huerto kara
Durante siete años, Elena madrugaba, trabajaba fuera de casa y, al volver, se ponía las botas para entrar a la huerta. Sembraba, deshierbaba, regaba y cosechaba. Cada septiembre, cuando la cuñada Doina llegaba con su esposo Nicu, el auto se estacionaba en el patio y el maletero se abría como si fuera un ritual. Ocho, diez sacos de papas, cebollas y verduras salían de esa tierra que solo una persona trabajaba: ella.
Cuando finalmente le dijo a su esposo Marian que ya no podía más, que el médico le había recomendado reducir los esfuerzos físicos, la respuesta fue breve y contundente: «Doina cuenta con nosotros.» Esa frase resumía siete años de un acuerdo que nunca fue justo.
La decisión que lo cambió todo
Aquella primavera, cuando Marian anunció orgulloso frente a su hermana que habría papas para ella, Elena no dijo nada. Nadie notó un detalle esencial: ella nunca aceptó cultivarlas. A la mañana siguiente, cuando su esposo encendió la motoazada dispuesto a arar la parcela de flores, Elena salió al patio con su bata puesta y lo detuvo.