Doina cerró el maletero con violencia y se marchó sin llevarse nada. Marian no corrió tras ella.
La primavera siguiente: una nueva forma de vivir
Esa noche, sentados en la terraza rodeados por las flores que Elena había defendido, Marian le preguntó por qué no había hablado con más fuerza antes. Ella respondió que sí lo había hecho. Él bajó la mirada y asintió. No hubo discurso, no era necesario.
En la primavera siguiente, Marian no compró tres sacos de papas para plantar. Sembraron solo unas pocas hileras, para ellos. Un día trajo un pequeño arbusto de lila y lo plantó junto a la cerca, guiado por Elena desde la terraza. Cuando le preguntó en broma si no venía a ayudarlo, ella levantó su taza de café y le dijo que no. Él sonrió.
Después de siete años, era la primera primavera en que Elena podía ver a alguien más usando la pala sin sentir que debía levantarse. Y esa, quizás, fue la cosecha más valiosa de todas.