Le di únicamente la dosis indicada. Después encendí el teléfono y marqué el número que ella me dictó.
—Dígale al doctor que venga con Adrián Vega —ordenó—. Y que nadie más se entere.
Mientras esperábamos, bebió más agua. Su respiración fue mejorando, aunque seguía muy débil.
—Lo que has visto estos tres años no ha sido toda la verdad —me dijo—. Tuve un derrame, sí, pero me recuperé mucho más de lo que ellos creen. Fingí que mi memoria estaba peor y que no podía moverme para conocer el corazón de mi familia.
La miré sin saber qué decir.
—Quería saber quién me cuidaba por cariño y quién esperaba mi muerte por una herencia.
Su voz se quebró por primera vez.
—Tú fuiste la única que me trató como persona.
Luego me contó lo que Sergio y Carmen hacían cuando yo salía a trabajar.
Le reducían la comida. Le daban sobras en mal estado. La dejaban horas sin agua. A veces Carmen le gritaba y golpeaba la silla de ruedas para asustarla.
Durante los últimos días, además, alguien había añadido sedantes a sus bebidas. Eso explicaba por qué su cuerpo estaba ahora realmente debilitado.
—Ya no era una prueba —dijo—. Estaban intentando terminar conmigo.
Me tapé la boca para no gritar.
Doña Mercedes señaló un calendario viejo colgado en la pared.
—Retíralo.
Detrás había un pequeño interruptor. Al presionarlo, una parte del muro se deslizó lentamente.
Me quedé sin aliento.
Había una habitación oculta, limpia y fresca, con varios monitores. Las cámaras mostraban el salón, la cocina, la entrada y el pasillo.
Doña Mercedes me explicó que la casa había pertenecido a su familia desde hacía décadas. Cuando comenzó a sospechar de Sergio y Carmen, instaló un sistema de seguridad discreto con ayuda de su abogado.