Mientras la limpiaba, las lágrimas me caían sin control.
Yo era quien la bañaba, le daba de comer y cambiaba sus sábanas. Sin embargo, también tenía que trabajar porque Sergio nunca conservaba un empleo durante mucho tiempo.
Cada mes le entregaba casi todo mi sueldo para los supuestos medicamentos, alimentos especiales y consultas de la abuela. Él siempre decía que cuidarla era carísimo.
Aquella noche entendí que gran parte de ese dinero nunca había llegado a ella.
Busqué ropa limpia, la cambié con cuidado y le acomodé el cabello blanco. Luego saqué el teléfono.
—Voy a pedir un auto. Te llevaré al hospital, aunque Sergio se enfade.
Entonces una mano delgada me sujetó la muñeca.
Me quedé inmóvil.
Doña Mercedes había abierto los ojos.
No eran los ojos perdidos que yo conocía. Su mirada estaba despierta, firme y tan clara que parecía la de otra persona.