Volví de un viaje y hallé a la abuela de mi esposo casi muerta, pero su primera frase cambió nuestras vidas para siempre.
La nota estaba sobre la mesa de la cocina, sujetada con el salero.
“Cuida a la vieja. Nos fuimos de vacaciones. No llames.”
Reconocí la letra de mi esposo, Sergio, y debajo aparecía la firma de su madre, Carmen. Sentí un golpe en el pecho.
Había regresado a Puebla después de seis horas de carretera por un viaje de trabajo. Eran casi las once de la noche y yo solo pensaba en darme una ducha, beber agua y acostarme.
Pero la casa estaba a oscuras.
No había comida preparada. No se escuchaba la televisión que Sergio dejaba encendida a todo volumen. Tampoco estaban los reclamos de Carmen, que siempre encontraba algo que criticar.
Solo había platos sucios, envoltorios sobre el sofá y aquella nota cruel.
Solté la maleta y corrí hacia el cuarto del fondo.
Allí vivía doña Mercedes, la abuela de Sergio. Tenía ochenta y dos años y, según la familia, llevaba tres años con demencia y una parálisis casi total después de un derrame.
La puerta estaba cerrada.
Cuando la abrí, el olor a humedad y abandono me hizo retroceder. Las cortinas estaban corridas, la ventana cerrada y el aire era pesado.
Doña Mercedes estaba tendida sobre un colchón delgado. Tenía los labios secos, la piel pálida y la respiración tan débil que por un instante pensé que había llegado demasiado tarde.
—Abuela… soy Elena —susurré, arrodillándome a su lado.
No respondió.
Fui por agua templada, una cuchara y una toalla limpia. Le humedecí los labios poco a poco. Después de varios intentos, tragó un poco y soltó una tos débil.