Solté la maleta y corrí hacia el cuarto del fondo.
Allí vivía doña Mercedes, la abuela de Sergio. Tenía ochenta y dos años y, según la familia, llevaba tres años con demencia y una parálisis casi total después de un derrame.
La puerta estaba cerrada.
Cuando la abrí, el olor a humedad y abandono me hizo retroceder. Las cortinas estaban corridas, la ventana cerrada y el aire era pesado.
Doña Mercedes estaba tendida sobre un colchón delgado. Tenía los labios secos, la piel pálida y la respiración tan débil que por un instante pensé que había llegado demasiado tarde.
—Abuela… soy Elena —susurré, arrodillándome a su lado.
No respondió.
Fui por agua templada, una cuchara y una toalla limpia. Le humedecí los labios poco a poco. Después de varios intentos, tragó un poco y soltó una tos débil.