Mientras la limpiaba, las lágrimas me caían sin control.
Yo era quien la bañaba, le daba de comer y cambiaba sus sábanas. Sin embargo, también tenía que trabajar porque Sergio nunca conservaba un empleo durante mucho tiempo.
Cada mes le entregaba casi todo mi sueldo para los supuestos medicamentos, alimentos especiales y consultas de la abuela. Él siempre decía que cuidarla era carísimo.
Aquella noche entendí que gran parte de ese dinero nunca había llegado a ella.
Busqué ropa limpia, la cambié con cuidado y le acomodé el cabello blanco. Luego saqué el teléfono.
—Voy a pedir un auto. Te llevaré al hospital, aunque Sergio se enfade.
Entonces una mano delgada me sujetó la muñeca.
Me quedé inmóvil.
Doña Mercedes había abierto los ojos.
No eran los ojos perdidos que yo conocía. Su mirada estaba despierta, firme y tan clara que parecía la de otra persona.
—No me lleves todavía —dijo con una voz baja, pero segura—. Ayúdame a desenmascararlos. Ellos no tienen idea de quién soy en realidad.
Sentí un escalofrío.
—¿Abuela? ¿Me entiende?
—Cierra la puerta y corre las cortinas.
La orden salió con tanta autoridad que obedecí sin discutir.
Luego señaló el viejo armario de plástico que estaba junto a la pared.
—Muévelo.
Debajo había una tabla de madera ligeramente distinta de las demás. La levanté con la punta de una llave y encontré un hueco pequeño.
Dentro había una caja tallada, un teléfono apagado, varios documentos y un frasco sellado con su nombre.
Doña Mercedes me indicó que leyera la etiqueta. Era una medicación de emergencia recetada por su médico particular para una crisis concreta.