Me quedé dentro del auto durante casi veinte minutos.
El motor estaba apagado.
Las manos seguían apretando el volante.
No podía aceptar que tres años de esfuerzo hubieran desaparecido en menos de cinco minutos.
No por un error.
No por una mala decisión profesional.
Sino porque hice lo que cualquier persona debería haber hecho.
Ayudar.
Mi teléfono vibró.
Pensé que era alguien del trabajo.
Quizá un compañero.
Quizá una disculpa.
Quizá Nick había reconsiderado.
Pero no.
Era un mensaje de un número desconocido.
“Sebastian, soy la mujer de la carretera. Necesito hablar contigo.”
Me quedé mirando la pantalla.
No sabía cómo había conseguido mi número.
Antes de responder, llegó otro mensaje.
“Sé lo que pasó en tu oficina.”