Después negó.
—No.
—¿Dónde?
—En la oficina de Derek.
Inez tomó nota.
—¿Había un abogado presente?
Mi padre respondió:
—No.
La abogada sonrió ligeramente.
No era una sonrisa de alegría.
Era la expresión de alguien que acababa de encontrar una puerta abierta.
—Entonces tenemos mucho que revisar.
Esa tarde, confrontamos a Derek.
Él estaba en la sala, sentado en el sillón favorito de mi padre.
Cuando me vio entrar con Inez, su expresión cambió.
—¿Qué haces aquí?
Lo miré.
—Vine a hablar con mi hermano.
Verónica apareció detrás de él.
—Si es por la casa, ya está decidido.
La miré.
—¿Decidido por quién?
Ella sonrió.
—Por la familia.
Me acerqué lentamente.
—Qué curioso. Porque la familia que construyó esta casa está durmiendo en un cuarto detrás del jardín.
Por primera vez, perdió la sonrisa.
Derek se levantó.
—No sabes lo que estás diciendo.
Inez abrió su carpeta.
—Sabemos exactamente lo que está pasando.
Derek miró los documentos.
Su rostro cambió.
—Esto no significa nada.
—Significa que vamos a investigar cómo obtuvieron estos poderes —respondió Inez.
El silencio fue inmediato.
Verónica miró a Derek.
Y por primera vez parecían ellos los preocupados.
Pero todavía había algo que no entendíamos.
La llave.
Esa noche mi padre me llevó al viejo cobertizo.
Quitó una tabla de madera detrás de unas herramientas antiguas.
Había una pequeña puerta metálica.
Usó la llave oxidada.
El sonido del mecanismo fue como abrir un recuerdo perdido.
Dentro había una caja.
No era grande.
Pero mi padre la trataba como si contuviera toda su vida.
La abrió.
Había fotografías.
Cartas.
Documentos.
Y una carta escrita por mi abuelo.
Mi padre me la entregó.