Chloe Mercer.
8 años.
La última vez que Elena la había abrazado, Chloe tenía 3.
Hale tomó una pluma.
Firmó.
A las 4:10 de la tarde, una camioneta estatal atravesó el portón principal.
Una trabajadora social llamada Ana Morales bajó primero.
Después apareció Chloe.
Era pequeña para su edad.
Llevaba una chamarra azul, unos tenis gastados y abrazaba contra el pecho un oso de peluche marrón al que le faltaba un botón.
Los oficiales revisaron sus pertenencias antes de permitirle entrar.
La mochila y el oso quedaron guardados en un casillero de seguridad.
Chloe no protestó.
Simplemente preguntó:
-¿Mi mamá sabe que vine?
Ana se agachó.
-Todavía no.
La niña asintió.
Durante el camino por los corredores, mantuvo ambas manos apretadas contra el pecho.
Cuando finalmente se abrió la puerta de la sala de visitas, Elena estaba sentada detrás de una mesa metálica.
Llevaba el uniforme de prisión.
Tenía las muñecas sujetas a una cadena.
Y el cabello que Chloe recordaba negro ahora estaba atravesado por mechones grises.
Durante unos segundos ninguna de las 2 se movió.
Elena fue la primera en romperse.
-Mi niña.
Chloe caminó hacia ella.
No corrió.
No lloró.
Todavía no.
Un oficial soltó una de las esposas de Elena para permitirle abrazarla.
Elena rodeó a su hija con un brazo y cerró los ojos.
Cinco años.
Cinco cumpleaños.
Cinco Navidades.
Cinco primeros días de escuela.
Todo lo que le habían quitado estaba contenido en aquel pequeño cuerpo que temblaba contra el suyo.
-Perdóname -susurró Elena.
Chloe negó con la cabeza.
-Tú no hiciste nada.
Elena abrió los ojos.
-¿Quién te dijo eso?
La niña miró rápidamente hacia los guardias.
Después acercó la boca al oído de su madre.