A los setenta y tres años, viviendo tranquilamente en mi acogedora casa de campo, he aprendido que los pedazos más significativos de la historia no son aquellos que descansan tras el cristal de un museo. Son los objetos que aún podemos tocar, usar y valorar en nuestra rutina diaria. Entre cuidar mi circulación, vigilar esos moretones repentinos que aparecen en mis brazos sin explicación aparente y procurar que mis días transcurran con calma, hay algo de lo que estoy completamente segura: llenar la vida de artefactos baratos y desechables es lo último que nuestra alma necesita.
Así que puse la tetera al fuego, preparé una reconfortante taza de té de manzanilla y me detuve a pensar en un utensilio humilde, pero brillante, que encarna el genio silencioso de nuestros antepasados. Aunque fue creado hace muchísimo tiempo, su propósito sigue siendo tan vigente como en aquellos días.
Un utensilio que ha resistido el paso de los siglos
El objeto en el que pienso es la sartén de hierro fundido. Ha sido parte esencial de las cocinas durante generaciones y se ha ganado, con justicia, el título de verdadera compañera del hogar. Su diseño es tan honesto como funcional: una sola pieza de hierro pesado, capaz de retener el calor por largos periodos, con un mango firme y una superficie ligeramente curvada para cocinar.
Durante siglos se ha usado para freír, hornear, sellar y guisar, y hoy sigue siendo un elemento indispensable en muchísimas cocinas. Pero más allá de su utilidad cotidiana, la sartén de hierro fundido representa algo mucho más profundo: encarna la practicidad y el ingenio de una época en la que las personas valoraban la calidad por encima de la cantidad, y la durabilidad por encima de lo desechable.