Yo fingí ver la tele.
Pero en realidad lo miraba a él.
Aquel gato viejo había llegado a mi casa, sí.
Pero una parte suya seguía sentada en otro sitio.
En otra puerta.
En otro regazo.
Con otra voz diciéndole su nombre.
A la mañana siguiente llamé a la protectora.
No sabía muy bien qué quería preguntar.
La voluntaria me reconoció enseguida.
“¿Va todo bien con Mateo?”
“Sí”, dije demasiado rápido. “Sí, claro. Come poco, pero come. Duerme conmigo algunas noches. Ronronea.”
Hice una pausa.
“Solo quería saber… si tenéis algún dato de su antigua dueña.”
Al otro lado hubo silencio.
No un silencio incómodo.
Más bien un silencio de alguien pensando cómo decir algo con cuidado.
“Se llamaba Carmen”, respondió al fin. “Una señora mayor. Vivía en el barrio de toda la vida, según nos dijeron. Ahora está en una residencia.”