El gato viejo que dejó de esperar cuando una mujer abrió su puerta

“Mateo”, susurró.

No fue una palabra.

Fue una puerta abriéndose.

Me arrodillé y abrí el transportín.

Mateo no salió enseguida.

Asomó la cabeza.

Olfateó.

Dio un paso.

Luego otro.

Y cuando vio a Carmen, aquel gato viejo, rígido y prudente, cruzó la sala con una seguridad que yo no le había visto jamás.

No corrió.

No podía.

Pero fue hacia ella como si el suelo entero lo llevara.

Carmen empezó a llorar en silencio.

No con dramatismo.

No con ruido.

Solo le caían lágrimas por las mejillas mientras extendía una mano.

Mateo se levantó sobre las patas traseras con torpeza.

Apoyó la cabeza en sus dedos.

Y ronroneó.

El mismo ronroneo áspero.

Irregular.

Pero esta vez sonaba distinto.

Como una lámpara encendiéndose en una casa que parecía vacía.

Laura se tapó la boca.

Yo tuve que mirar hacia la ventana.

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