Laura estaba en la entrada.
Era más joven de lo que imaginaba y más agotada también.
Tenía los ojos rojos, aunque intentaba sonreír.
“Gracias por venir”, dijo.
“No me des las gracias a mí.”
Miré el transportín.
“Dáselas a él si quiere salir.”
La sala era pequeña.
Había una ventana que daba a un patio con macetas.
Una manta doblada sobre un sillón.
Y Carmen.
Estaba sentada en una butaca, muy delgada, con el pelo blanco recogido hacia atrás y las manos quietas sobre las rodillas.
Al vernos, no reaccionó.
Laura se acercó.
“Mamá, ha venido alguien.”
Carmen miró primero a su hija.
Luego a mí.
Luego al transportín.
Y entonces pasó algo que no olvidaré nunca.
Su cara cambió antes de que dijera nada.
Como si el corazón hubiera reconocido lo que la memoria tardaba en ordenar.