El gato viejo que dejó de esperar cuando una mujer abrió su puerta

No dije nada.

Entonces su voz se rompió un poco.

Mi madre pregunta por él todos los días.”

Cerré los ojos.

Mateo estaba en mi regazo, pesado y caliente, con la cabeza apoyada en mi muñeca.

“¿Por Mateo?”

“Sí. Cree que está conmigo. Yo… no supe cómo decirle que no podía quedármelo.”

Hubo un silencio largo.

“Mi madre no recuerda algunas cosas. Pero a Mateo sí. Siempre a Mateo.”

Miré al gato.

Él abrió los ojos, como si hubiera oído su nombre atravesar el teléfono.

“¿Carmen podría recibir visitas?”, pregunté.

Laura respiró hondo.

“No sé si la residencia permite animales.”

“No hace falta prometer nada”, dije. “Solo pregúntalo.”

Aquella noche Mateo no fue a la puerta a las seis y media.

Fue a las siete.

Como si algo dentro de él se hubiera movido un milímetro.

Dos días después, Laura volvió a llamarme.

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