El gato viejo que dejó de esperar cuando una mujer abrió su puerta

Me quedé en el portal con el abrigo puesto, leyendo aquello una y otra vez.

No sabía qué sentir.

Alivio.

Rabia.

Miedo.

Una ternura inesperada.

Subí a casa despacio.

Mateo estaba junto al sofá.

Le enseñé el sobre, como si pudiera entenderlo.

“Creo que alguien nos tiene que contar algo, cariño.”

Esa noche llamé.

Me respondió una mujer con voz cansada.

Se llamaba Laura.

No lloró al principio.

De hecho, sonó correcta, casi fría.

Me explicó que su madre había empeorado muy rápido.

Que el piso hubo que vaciarlo deprisa.

Que ella vivía en otra ciudad.

Que tenía dos hijos adolescentes, un trabajo que la dejaba sin aire y un marido alérgico a los gatos.

Lo dijo todo como quien ha repetido una explicación tantas veces que ya no sabe si sigue siendo una explicación o una defensa.

Yo la escuché.

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