Mi padre cerró los ojos.
—Esa es la parte para la que no tengo buena excusa. Tu madre me pidió ser disciplinado y yo me volví rígido. Al principio solo debía apartar una suma fija. Después empecé a creer que cualquier gasto innecesario era un fracaso.
Mi madre sonrió con tristeza y añadió algo que me dejó helada: aquel abrigo azul que yo recordaba haberle sido negado, lo había comprado dos semanas después. Mi padre esperaba la prima de invierno y el descuento para empleados de la fábrica. En mi memoria de niña de doce años solo había quedado grabada la palabra «no».