Entré con chaqueta gastada a mi propio banco en Castellana y me dejaron dos horas en un rincón. La asesora servía café a los ricos y se reía con el director mientras yo sujetaba un vaso vacío. Me soltó: ‘Esta zona es para clientes private’. No discutí, dejé mi carpeta y volví al día siguiente sin bastón; entonces su pantalla se puso roja y reveló quién era el dueño.
El primer día atendió a una mujer de 74 años que llevaba en una bolsa varios recibos, una libreta antigua y notas escritas a mano. La mujer se disculpó 3 veces por no entender la aplicación móvil.
Durante un segundo, Sara sintió el impulso de señalarle el cajero.
Entonces recordó la carpeta de cartón de Arturo.
Se levantó de su silla, rodeó el mostrador y se sentó junto a la mujer.
Tardaron 26 minutos.
La operación no generó ninguna comisión.
Cuando terminaron, la mujer le apretó la mano y dijo:
—Gracias por no hacerme sentir tonta.
Sara tuvo que entrar al baño para recomponerse.
Aquel día entendió algo que ningún curso de ventas le había enseñado: la vergüenza de un cliente también podía ser creada por quien estaba al otro lado del mostrador.Planificar Eventos Festivos