Solo entonces David se acercó.
—Supongo que viene a comprobar si aprendí la lección.
—Vengo a comprobar cómo trata a alguien cuando cree que no tiene nada que ofrecerle.
David sostuvo su mirada.
—Ahora sé que eso era exactamente lo que hacía mal.
No pidió recuperar la dirección. No habló de objetivos ni de su antigua oficina.Diccionarios y enciclopedias
Contó que su hijo mayor le había preguntado por qué ya no llevaba el coche de empresa. Al principio había inventado una explicación. Días después decidió contarle la verdad: había perdido el puesto porque había tratado mal a una persona creyéndose superior.
—Fue la conversación más difícil que he tenido con él —admitió—. Pero no quería enseñarle a esconder los errores detrás de una corbata.
Arturo asintió.
David le tendió una hoja. Era una propuesta para crear jornadas mensuales de asesoramiento gratuito para autónomos que no entendieran productos bancarios básicos. La había preparado con Sara y Miguel.
Arturo leyó el documento completo.
—Presénteselo a Miguel. Ahora él coordina este tipo de iniciativas.
David sonrió con cierta vergüenza.
Meses atrás, aquella frase lo habría destruido.
Esta vez respondió:
—Ya tengo cita con él el lunes.
Un año después, Miguel terminó el primer curso de su posgrado. Sara recuperó su categoría profesional después de evaluaciones excelentes. David no volvió al antiguo despacho. Por decisión propia permaneció en microfinanciación y acabó dirigiendo un pequeño equipo especializado en negocios familiares.Diccionarios y enciclopedias
En la oficina de Castellana, la silla del rincón donde Arturo había esperado siguió allí.
Miguel se negó a sustituirla durante la reforma.