Entré con chaqueta gastada a mi propio banco en Castellana y me dejaron dos horas en un rincón. La asesora servía café a los ricos y se reía con el director mientras yo sujetaba un vaso vacío. Me soltó: ‘Esta zona es para clientes private’. No discutí, dejé mi carpeta y volví al día siguiente sin bastón; entonces su pantalla se puso roja y reveló quién era el dueño.

—Ya tengo cita con él el lunes.

Un año después, Miguel terminó el primer curso de su posgrado. Sara recuperó su categoría profesional después de evaluaciones excelentes. David no volvió al antiguo despacho. Por decisión propia permaneció en microfinanciación y acabó dirigiendo un pequeño equipo especializado en negocios familiares.Diccionarios y enciclopedias

En la oficina de Castellana, la silla del rincón donde Arturo había esperado siguió allí.

Miguel se negó a sustituirla durante la reforma.

Colocó cerca una pequeña placa sin nombres ni referencias a fortunas. Solo decía:

“Antes de preguntar cuánto tiene alguien, pregunte qué necesita”.

Arturo pasó por allí una tarde de invierno, nuevamente sin anunciarse. La sucursal estaba llena. Un joven con uniforme de obra esperaba frente al mostrador y sostenía una carpeta manchada de polvo.

Una empleada se acercó, le ofreció asiento y le preguntó en qué podía ayudarlo.

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