Teresa estaba revisando mi refrigerador.
—¿Dónde estabas? —me ladró—. No hay cena. Tu suegro y yo casi nos morimos de hambre.
Colgué mi abrigo con calma.
—Hay comida en el refrigerador. La estufa funciona.
Teresa abrió los ojos como si hubiera insultado a la Virgen.
—Yo no vine a cocinar. Vine a descansar. Tú eres la esposa de mi hijo. A ti te toca atendernos.
Algo dentro de mí hizo clic.
—Regla número 1: ustedes preparan su desayuno y su comida. Lo que ensucien, lo lavan. Regla número 2: mi recámara está prohibida. Regla número 3: después de las 10 de la noche, silencio.
Don Ricardo se levantó tambaleándose.
—Esta casa es de mi hijo.
—No —respondí—. Este departamento está a nombre de los dos, pero el 80% del enganche salió de la herencia de mis padres. Y la hipoteca la pago yo.
Teresa sacó su celular.
—Voy a llamarle a David. Él te va a poner en tu lugar.
Sonreí apenas.
—Llámale. Aunque dudo que conteste. Le acabo de cancelar todas sus tarjetas.
La cara de Teresa perdió color.
Me encerré en mi recámara y escuché sus gritos detrás de la puerta. Marcaban una y otra vez. Nadie contestaba.
Entonces llegó un mensaje de mi amigo Esteban, experto en ciberseguridad.
“Encontré algo. David no salió del país. Y Mariana… no está solo.”
Miré la pantalla sin parpadear.
No podía creer lo que estaba a punto de descubrir.
PARTE 2
A la mañana siguiente no fui a la oficina. Me puse un traje azul marino, labios rojos y llevé todos los estados de cuenta a un despacho de abogados en Reforma.
La licenciada Patricia Beltrán, una abogada familiar temida hasta por los notarios, revisó los papeles en silencio. Cada hoja que pasaba parecía pesar más.