Que ahora tenían su casa.
Asintió como si lo entendiera, pero aquella tarde dibujó dos casas en vez de una.
Las unió con un camino muy ancho.
Durante las primeras semanas seguimos viéndonos.
No todos los días.
Tampoco con esa frecuencia que habría hecho que todo pareciera una prórroga de lo anterior.
Lo justo.
Un sábado por la mañana fuimos a ver el piso nuevo.
Estaba a quince minutos andando del colegio, en una calle estrecha con balcones pequeños y un portal oscuro que olía a humedad y a lejía.
El piso era modesto.
Dos habitaciones diminutas, una cocina con una ventana que daba a un patio interior y un salón tan pequeño que, si estirabas bien los brazos, casi podías tocar dos paredes a la vez.
Pero tenía luz.
Y tenía una puerta que cerraba bien.